12/10/09

Cartas de Emily Dickinson



Emily Dickinson.
Cartas.
Edición y traducción de
Nicole d'Amonville Alegría.
Lumen. Barcelona, 2009.

Reina recluida en la casa del padre en Amherst, Massachusetts, Emily Dickinson (1830-1886), tan extraña y opaca como su poesía, se aisló del mundo en una clausura progresiva y física como la ceguera que sufrió en sus últimos años.

Pero a la vez que ese aislamiento iba creciendo y la convertía en una isla en alta mar, escribía compulsivamente cartas que la mantenían en contacto con los demás. Cartas que revelan episodios sucesivos de exaltación desmesurada y profundo desánimo que se manifiestan también en la poesía que mantuvo a resguardo del mundo y de la que publicó sólo cinco textos.

Las 101 Cartas de Emily Dickinson que publica Lumen en edición de Nicole d'Amonville Alegría son una selección que representa menos de la décima parte de toda su correspondencia, pero reflejan la intensidad con la que se volcaba la escritora en esa producción epistolar. Su personalidad escindida entre el encierro físico y la huida espiritual proyectó en estas cartas las renuncias y los desengaños, las sublimaciones y las represiones de un ambiente puritano y calvinista como el de la Nueva Inglaterra de la que procedían los Dickinson. Y sus cartas, como su poesía, son la vía de escape y la forma de expresión de una personalidad ciclotímica y bipolar, creadora de una literatura que es una mina para la crítica psicoanalítica.

Ábreme con cuidado, escribía en el sobre de una de sus cartas. Mi casa es una casa de nieve, decía en el interior de otra.

Entre el entusiasmo y las horas de plomo, Emily Dickinson quiso hacer de la poesía una casa embrujada semejante a la naturaleza. Y ese mismo ímpetu creador, esa misma exaltación poética parece estar en la raíz de muchas de estas cartas, seleccionadas con criterios de interés literario más que biográfico.

Por eso las cartas se han agrupado en cuatro períodos que reflejan su paralela evolución poética. En las cartas de juventud (1842-57) empieza a esbozar un peculiar estilo – guiones inesperados, sintaxis elíptica, puntuación excéntrica- que se va consolidando a la vez que su aprendizaje poético; las cartas de los años que coinciden con su mayor actividad literaria (1858-65), además de afirmarse en una prosa sincopada, llena de sobreentendidos y dobles sentidos, son las que reflejan más intensamente sus turbulencias sentimentales y sus dudas.

En una de ellas, fechada el 15 de abril de 1862, le pide consejo a T. W. Higginson:

Señor Higginson, ¿Está usted demasiado ocupado para decirme si mi Verso está vivo? La mente está tan cerca de sí misma - que no puede ver, con nitidez, y no tengo a quién preguntar- De pensar usted que respira -y de tener el asueto para decírmelo, sentiría yo una pronta gratitud-. Si cometo el error -y usted osara decírmelo- le honraría yo más sinceramente -a usted- Adjunto mi nombre -y le pido, si le place- Señor -que me diga ¿qué es verdadero? Que no me traicionará usted -es vano pedirlo- porque el honor es su propia prenda- Emily Dickinson
No se había producido aún un fracaso amoroso que la llevaría a la renuncia, a lo que ella llamaba su “blanca elección.” A partir de entonces, desde 1866 hasta 1879, los años de aislamiento se traducen en que escribe menos poesía, menos cartas y más cortas. Y finalmente, entre 1880 y 1886, sus últimos años, las cartas están marcadas por un constante tono elegiaco, por las sucesivas muertes que desintegran el pequeño mundo doméstico en el que se había aislado.

La última de esas muertes, la de la propia Emily, ocurrió el 15 de mayo de 1886. Dos días antes había entrado en coma. Lo último que escribió fueron estas dos líneas:
Primitas. Me reclaman.

Santos Domínguez